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Teatro 

LOS COLORES DE EL INVIERNO BAJO LA MESA

La vida está plagada de detalles azules rojos blancos rosas… Es preciso pararse, observar, dejarse llevar por el instinto y los sentidos para poderlos disfrutar. Por supuesto, existen detalles de otros colores, pero hoy vamos a centrarnos en estos. Aunque, puede que a lo largo de este artículo surjan algunos más.
 
Me detengo en los colores, porque los que hemos compartido este trabajo, hemos sentido cómo el alma se teñía de color. No pretendo ser cursi ni pedante, y si alguno de ustedes siente algo que se asemeje, por favor deje de leer inmediatamente esto.
 
El teatro partió de la necesidad de contar historias, cuentos, fábulas, noticias. Se comparte una convención, y las razones para ello suelen ser muy diversas. Se produce una realidad distinta, una vida a partir de un supuesto.
 
El espectador debe hacer un esfuerzo, si es que se le puede llamar así, por entrar en otra realidad, en otra forma de ver la vida. Dejarse llevar, conectar con algo nuevo, requiere el permiso personal que uno se haga con respecto no sólo a su intelecto sino a sus emociones, a la piel, y a su respiración.
 
El teatro, a diferencia de la danza o de la música, requiere un esfuerzo puede que mayor por ser menos abstracto, y a la vez porque el tempo que marca suele ser más sutil. La respiración de una obra de teatro pasa por múltiples variaciones, las leyes clásicas intentaron marcar la pauta de este tempo. Ahora la cosa parece más compleja, porque al romperse las leyes, al no existir un tempo marcado, cada autor respira distinto. Es entonces cuando hay que retrotraerse a la infancia, a la manera en que teníamos para contar y recibir los cuentos que nos contaban. Eran diferentes, pieles y respiraciones únicas.

Nuestra capacidad para imaginar iba poniéndole colores a estas historias. La paleta personal puede ser mayor o menor en función del tiempo que le hemos dedicado y dedicamos a desarrollar la imaginación.
 
Así será nuestra vida, en color o no.
 
Por cierto, ¿cuántos verdes podemos apreciar? Podríamos hacernos esta pregunta con toda la gama de colores (pido disculpas a las personas que por razones físicas no pueden conocer los colores, pero lo pueden comprobar con los sonidos olores o sabores, la idea es la misma, la riqueza de la variedad, disfrutar con las diferencias y los detalles que uno siente).
 
Cuando se plantea el poner en escena un texto dramático, se debe hacer el máximo esfuerzo por conocer el imaginario del autor. Nunca desde la objetividad, sería un esfuerzo inútil, ya que el ojo que lee es uno o dos, y éste forma parte indiscutible de un cuerpo. Se mezclan dos imaginarios, el del autor y el del director, que a su vez se van a ir multiplicando en función de todas las personas que intervengan en el proyecto.
 
Lo divertido, y complejo al mismo tiempo, es reunir todos los imaginarios para que aquello no se convierta en una amalgama caótica. Permitir y aunar las distintas expresiones llevadas de la mano del punto de vista del director. Esto requiere un esfuerzo de entendimiento. Cada uno debe expresarse desde la idea de equipo (no es algo común en la actualidad). El director es como el patrón de un barco, marca el rumbo de la navegación. Toda una aventura. Por eso es fundamental la elección de las personas que van a intervenir en un montaje teatral.
 
En El invierno bajo la mesa, la tripulación es aventurera, curiosa de los demás y de lo propio, sonríe ante el compromiso, busca y rebusca dentro y fuera, no tiene miedo a equivocarse porque sabe que probando se acierta. La tripulación no ha dejado de preguntar, de debatir. Investiga, se ríe y suda por encontrar, se emociona y conmueve, se permite la sorpresa, el juego. Admira al resto. La tripulación de El invierno bajo la mesa es un equipo de artistas que viven la vida en color. Han sabido trabajar en paz, el blanco; con pasión, el rojo; han volado y buceado por el azul; y hemos compartido la suerte del teatro, el rosa.
 
Quiero agradecerles a todos el haberme permitido llevar el timón de este barco que, espero, pueda surcar los mares con viento favorable, para poder rozar con nuestros “tintes”el corazón y la mente de cada espectador.